noviembre 02, 2012

¿Alguna vez se han manejado a una sala de emergencias?

No, yo tampoco...

Apróximadamente dos horas, un baño, y un te de manzanilla después, mi pequeño percance parece un absurdo.

Sí, hoy, de regreso a mi casa, vi mi vida pasar enfrente de mis ojos... o algo por el estilo. Quizá sólo sea una incipiente hipocondría, pero hoy juraría que, al menos, estuve al punto del desmayo mientras manejaba.

Me llevé un susto tremendo. Ya me visualizaba chocando. Recé a Dios me permitiera llegar a un lugar seguro. Casi lloro al sentir que la vida se me iba; pensé en mi familia. Y sobre todo, en las advertencias de mi madre sobre mi estilo de vida: los constantes desvelos y las malcomidas no son buenos para la salud, y menos para la mía que es un tanto frágil.

Gracias al cielo, llegué a una sala de emergencias, hecha un manojo de nervios, y esperé mi turno. Me sentí avergonzada; muchos de quienes estaban ahí realmente necesitaban atención médica. Finalmente me revisaron y me dijeron que mis signos vitales eran normales; sólo estaba teniendo un ataque de ansiedad.

Sólo un ataque de ansiedad...

Entre las clases y tareas escolares, la responsabilidad y el trabajo de tener un papel importante en una obra, y mi constante estado de alerta y temor frente a la ciudad, realmente he puesto a trabajar a mi cuerpo.

Fue una buena advertencia, he de confesar.

Recreando el episodio, es tan absurdo que parece que lo ideé simulando el estilo de Woody Allen: aquellas rupturas en la cotidaneidad a las que se les suma un sólo elemento excepcional, creando un contraste tal que se reduce al ridículo la situación entera. Sí, soy patética y dramática, y éste ha sido uno de mis momentos cumbre.

Pero, y por clicheado y cursi que suene, me hizo apreciar varias cosas: desde mi familia y hasta mi misma...

Sin saber qué más decir,

EP

PD: dicho incidente ocurrió en algún punto de octubre... no lo publiqué hasta ahora debido a mi distracción y mala memoria...

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