""Maldita ciudad" , pensaba, sin saber a quién culpar de que el eco de las balas le siguiera zumbando en los oídos." - Sombra de la Sombra, Paco Ignacio Taibo II
Cualquier sonido nocturno la perturbaba: el crujir natural del edificio, el ruido de un vecino utilizando el elevador, los camiones de carga entregando mercancía en el almacén de enfrente, el rozar de los muebles en el departamento de arriba... Su cuerpo se paralizaba; podía sentir el frio y punzante dolor en el cuello y la parte posterior de la cabeza. Sus músculos se tensaban. Minimizaba su respiración, tratando de no emitir sonido alguno; contenía el aire tratando de ubicar la fuente de su desconcierto.
Las terapias no habían funcionado; seguía con un terrible miedo a la noche, a la vida en la ciudad. Incluso en su propia casa se sentía atrapada, cual bestia en espera a ser ejecutada.
Y cómo extrañaba dormir por cuatro horas seguidas. Usualmente no podía conciliar el sueño hasta después de las cuatro de la mañana: cuando su cuerpo colapsaba, y hora en la que -según ella- la gente comienza a despertar, relevándola de su vigilia.
¿Pero a qué temía? Por un lado, siempre estaba consciente del instinto de autosupervivencia, reflejado en las terribles ganas de salir corriendo ante el menor cambio en el silencio de madrugada. Por otro, era evidente que temía más por su familia, por lo que les pasara: su preocupación, su amor por ellos era lo que fomentaba los terrores nocturnos...
Y sobre todo, envidiaba a los demás: aquellos quienes recorrían la ciudad sin miedo a ésta; a quienes olvidaban que día a día se ven rodeados por potenciales ladrones de tranquilidad. Algún día ella también vivió así. El despertar a la realidad quizá había sido para bien, pero cómo había dolido (y seguía doliendo)...
"Algún día respiraré otra vez" pensaba, cada vez que comenzaba a caer dormida.
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